Hago sanguchito con las dos almohadas y mi cabeza. Me ahogo, necesito aire en la cara. Tiro lejos una de las almohadas. Puck. Tiré con la almohada el perfume de ropa que está en la mesita de luz.
Escucho el colectivo pasar (el único que pasa por mi calle). El bebé recién nacido de la vecina llora.
Cierro los ojos más fuerte. Los aprieto mucho, tanto que me duelen. Los abro. Esta todo oscuro.
Repaso el día. Me río del paupérrimo almuerzo que me mande hoy y pienso en que tengo que hacer definitivamente un curso de cocina.
Febrero. Mierda. Se vienen los exámenes. Estoy hasta las manos.
Visualizo mi agenda: sacar turno con el odontologo. Llamar a Alcira. Tacho mentalmente esto último. No quiero ir a terapia. Debo, pero algo me lo impide. No sé.
Vuelvo a apretar fuerte los ojos. Boca abajo. Pataleo. Me enojo conmigo misma. Trato de pensar en un lugar tranquilo. Agua. Verde. La nada mismo. Y todo es lo mismo que la nada. No puedo dormir. Acá estoy. Mierda, una noche más. Una noche menos.